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  Semana Santa 25-09-2017 16:56 (UTC)
   
 

Es en tiempo de Cuaresma cuando la Liturgia llama al recogimiento y el atareado quehacer de las Hermandades Pasionarias se tornará en una bulliciosa actividad para ultimar los preparativos de la organización de los actos y desfiles procesionales que transcurrirán durante la Semana Santa. Estas manifestaciones se vienen celebrando en Beniaján desde hace siglos, pues se tiene constancia de que ya existían cofradías encargadas de organizar actos pasionales desde el siglo XVI, como así lo hacía la del Santísimo Sacramento y la de las Benditas Ánimas del Purgatorio; pero será tras la Guerra Civil y los duros años de posguerra cuando se instaure la fiesta tal y como la conocemos hoy. En la década de los 50 del pasado siglo, se reorganizan las hermandades y se recupera el patrimonio escultórico perdido en la contienda, dando como resultado una de las manifestaciones religiosas más típicas y arraigadas entre los beniajanenses.

Las cofradías y hermandades, junto a la parroquia de San Juan Bautista y la Junta de Procesiones de Semana Santa de Beniaján son las encargadas de sacar adelante una serie de actos desde el Viernes de Dolores hasta el Domingo de Resurrección. Procesión de las Palmas, bajada y besapié del Cristo, la severa procesión del Silencio, los Santos Oficios... son algunos de ellos. Pero lo más destacado son las procesiones de Miércoles y Viernes Santo en la noche, con imágenes de Roque López, Sánchez Lozano y José Ortiz entre otros, en las que se dan caramelos y se realiza el tradicional "baile" de los pasos, en un ambiente lleno de devoción y popularidad.

Como dato curioso, hay quien denomina a la procesión del Miércoles Santo como "la de los sánchezlozanos" (en claro paralelismo a "la de los salzillos" de Murcia), puesto que todas las imágenes que salen a la calle esa noche son de este genial escultor, a excepción del Santísimo Cristo de las Penas. Otro acto singular es la Tamborada, sonora manifestación de la Pasión de Jesús que inunda las calles del pueblo la noche de Martes Santo.

Especial mención merece Nuestra Señora de los Dolores, advocación que se venera en Beniaján desde el siglo XVIII, época en la que se encarga al escultor Roque López la talla que todavía hoy se conserva en la iglesia de San Juan. Se trata de una imagen de vestir, articulada, con la cabeza y los brazos realizados en madera. El Viernes de Dolores se conmemora su festividad, concluyendo entonces el tradicional novenario que, en su honor, ha tenido lugar en la iglesia a lo largo de los días anteriores; la imagen de la Virgen preside el altar mayor del templo durante todo ese tiempo, siendo venerada con especial solemnidad. Antiguamente la jornada concluía con una procesión con la talla por las calles del pueblo, costumbre que por desgracia ya se ha perdido. También en épocas anteriores, esta Virgen era la que cerraba casi todos los cortejos pasionales de Beniaján, pero dejó de hacerlo en 1954 al ser sustituída por la talla de la Dolorosa que adquirió entonces la parroquia. En la actualidad, Nuestra Señora de los Dolores sólo desfila el Viernes Santo cerrando la procesión del Santo Entierro de Cristo, pero con la particularidad de hacerlo como Virgen de la Soledad. La talla es ataviada para la ocasión con un hermoso manto negro y porta entre sus manos los tres clavos de Jesús. Su lento caminar por las viejas calles de la villa, alumbrado por largas filas de nazarenos, emociona y sobrecoge a cuantos lo contemplan.

En las procesiones de Miércoles y Viernes Santo, los tercios de nazarenos preceden el paso del trono, siempre artísticamente adornado con flores que realzan la belleza del grupo escultórico. La gente abarrota el casco antiguo, transformado en un museo al aire libre, dispuesta siempre a contemplar los desfiles pasionales y luego volver a casa con el dulce regalo de los caramelos. Es la fusión de fiesta, arte, devoción y vivas tradiciones. Por contra, en el desfile del Vía Crucis de Viernes de Dolores o en la Procesión del Silencio, un Beniaján teñido de luto se recoge en callada y devota oración, devolviendo a las calles la imagen más parecida a la que debieron ofrecer siglos atrás las primeras procesiones en la villa.  


 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
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